HUELGAS MÉDICAS SALVAJES Y DESHUMANIZACIÓN SANITARIA
Nada hay mas sagrado para el ser humano que la salud. Si algo ha traído de bueno el progreso es la medicina y los avances médicos, aunque quede, porque queda, muchísimo camino por recorrer. Y tiene poca discusión que en términos generales, España tiene o ha tenido, la mejor sanidad pública a nivel técnico de Europa y probablemente del mundo. No puede sin embargo decirse lo mismo de la calidad humana de los que integran la sanidad pública española, desde el celador que empuja las camillas hasta los médicos especialistas.
Siempre es arriesgado y poco recomendable generalizar sobre sectores o sobre colectivos, pero es que en este caso los funcionarios públicos del sector sanitario que demuestran calidad humana son una franca minoría. La deshumanización de médicos, enfermeras y hasta administrativos es en mi opinión, exagerada. Es algo terrible, endémico. El mal trato, la prepotencia, la mala educación y los malos modos son algo ya cotidiano y habitual. Naturalmente hay excepciones, pero como digo, representa a una minoría de profesionales.
Es habitual recibir malas contestaciones en los centros médicos públicos, especialmente en los hospitales y centros de especialidades, donde la gente acude normalmente angustiada. Mas habitual aún es el trato poco humano que allí se recibe con larguísimas y muchas veces injustificadas esperas, no solo padecidas por los familiares del enfermo, sino por el propio enfermo que ve que se le trata como a una molestia, sin un atisbo de ternura ni comprensión, que ve como se le tiene esperando hasta que él o un familiar estalla por la impotencia y exige la atención que no le dan. Esto se agrava y se aumenta la angustia de los enfermos y sus familiares con la falta de información que reciben.
La deshumanización llega a su punto culminante en la realización de pruebas dolorosas donde con demasiada frecuencia no se aprecia la menor compasión de quienes las realizan, que no muestran empatía alguna con quien está sufriendo.
No es una opinión sin base, al contrario. Es una opinión que se forma como consecuencia de las muchas experiencias propias, de familiares, de amigos y de compañeros, experiencias algunas que expondré. Y si ya el trato que reciben en no pocas ocasiones los enfermos es denigrante y deshumanizado, sus cotas se disparan hasta límites increíbles en situaciones como la que vivimos cuando escribo esto, es decir, de huelgas médicas, que como las que sufrimos actualmente, son verdaderamente salvajes.
Los pacientes somos moneda de cambio en este conflicto, y es dañándonos cruelmente a nosotros como se está desarrollando este enfrentamiento. Somos rehenes de los funcionarios de sanidad que están jugando indignamente con nuestra salud, que utilizan nuestro dolor y nuestra rabia como arma en su lucha.
Todos podemos comprender que la huelga, para que sea efectiva, debe ocasionar algún tipo de molestia. Entendemos que se pueda paralizar el Metro o las líneas de Autobús, que los camioneros corten carreteras y con ello impidan el abastecimiento temporalmente, que los aviones no despeguen, etc., es lo que se pretende con las huelgas. Pero hay una excepción cuya línea no puede cruzarse jamás, y es la que ponga en riesgo la salud o la vida de las personas. Es lo que está ocurriendo con la huelga de la sanidad, que se pone en peligro la vida de muchas personas.
Comentaba al principio que la sanidad española es la mejor de Europa, pero ojo, hay que matizar. El sistema sanitario público español es el llamado universal que no deja a nadie que lo requiera sin atención médica, y el nivel formativo de los médicos es elevado como lo es el nivel de los equipamientos. Eso es lo que da la categoría mencionada a España. Sin embargo la élite médica del sistema sanitario público, es decir los médicos y los especialistas, se comportan con honrosas excepciones, como clasistas deshumanizados que ven al paciente del servicio sanitario público como alguien de inferior categoría con quien están obligados a tratar, pero que les produce rechazo. Eso es lo que apreciamos en el trato los pacientes con los médicos, ese distanciamiento, esa frialdad, ese desinterés, sentimos que somos trámites, que se nos trata como a un objeto en una cadena de montaje, sin ninguna empatía.
No se reduce este comportamiento a los médicos, pues ocurre lo mismo con quienes están por debajo en la escala. El trato de enfermeras, auxiliares de enfermería, administrativos sanitarios y resto de personal tiende al mismo trato frío, mecánico, carente de interés y de empatía.
Escribo este artículo desde dos puntos de vista que convergen, el que he percibido en el tiempo en que trabajé en urgencias, y el que he percibido como paciente, al que añado las vivencias de conocidos, amigos y familiares.
Ciertamente cuando uno aprueba una oposición del Estado, no se le exige que en su función sea un dechado de simpatía, humanidad y amabilidad. Pero que no exista esa exigencia expresamente no puede entenderse como que sea admisible en modo alguno el trato descortés, la mala educación y los malos modos, la prepotencia y el comportamiento irrespetuoso, y debo decir que demasiado frecuentemente son los comportamientos que observo en los funcionarios de nuestra sanidad pública.
En urgencias he visto algunos casos de trato cruel a las personas mayores, cuyo evidente dolor no infundía compasión a quienes debían paliar su sufrimiento físico y desde luego su angustia. He escuchado frases despectivas irreproducibles dedicadas a esos pacientes y/o a sus familiares. He visto como se les ha sometido a pruebas y tratamientos dolorosos, que sin duda eran necesarios cuando no imprescindibles, pero que se les aplicaban con un manifiesto comportamiento distante y ajeno al dolor que ocasionan. Se dice que cuando llevas tiempo viendo y viviendo el dolor ajeno, terminas por inmunizarte a sus efectos. Si eso fuese verdad, sería terrible.
Esto por supuesto, no se circunscribe a las personas mayores en exclusiva, ni mucho menos. Esa deshumanización hacia el sufrimiento ajeno no conoce edades. Yo he padecido una punción lumbar practicada de urgencias sin anestesia, cuyo dolor fue intenso, y no sentía esa necesaria comprensión que contribuyese ha hacerla menos traumática. Al contrario, allí se limitaron a sujetarme como guardia que inmoviliza a un delincuente a la orden del médico. Eso mismo que yo padecí, lo he visto repetido en urgencias otras veces.
Cuando uno acude a un centro sanitario lo hace por necesidad, nunca por placer, y lo menos que uno esperaría es un poco de ternura, de empatía. Rara vez recibe eso. Es mas fácil que se le acuse a uno de ser un quejica o de que molesta por molestar. A esto contribuye la mala gestión en los centros médicos y hospitales públicos, donde al paciente de la Seguridad Social se le trata como a ganado y sin respeto. Como anécdotas contaré un par de casos.
En un hospital madrileño una joven embarazada es ingresada para dar a luz. Allí trabaja una enfermera que en todo momento y todos los días en que se encuentra de servicio se ha mostrado descortés y poco dispuesta a cumplir con su obligación laboral. El incidente se desarrolla de la siguiente forma; los médicos recomiendan a la joven mamá que sufre los efectos adversos de un intento de anestesia epidural que no le hizo el efecto deseado, pero que le ocasionó efectos indeseables, que tome Coca Cola batida. Al ir a batirla la pareja de la mamá, se produce una salpicadura de ese refresco accidentalmente, y moja la cama de la paciente además de a las personas que allí se encuentran.
Ante ese accidente sin trascendencia, una familiar de la mamá se dirige al mostrador donde están las enfermeras para solicitar sábanas limpias y se dirige a esta enfermera en concreto, quien le dice con prepotencia y desgana que ahora se las lleva, algo que pasado un tiempo excesivo no llega ha hacer. Ante la tardanza, la pareja de la mamá se dirige nuevamente hacia ese mostrador y al acercarse escucha a esa enfermera decirle a una compañera textualmente, “voy a por las sábanas de la subnormal esa”, quedándose éste atónito ante lo que acaba de escuchar, para a continuación volver a la habitación y contarle a la insultada lo sucedido. En efecto, cuando le da la gana esa enfermera trae las sábanas, que tienen que ser cambiadas por uno de los familiares, ya que no se digna a venir ningún empleado del hospital ha hacerlo.
Otro caso muy diferente del trato en hospitales, también en la Comunidad de Madrid es el siguiente:
Un determinado día ingresa un joven en el Hospital para ser sometido a una intervención quirúrgica de cirugía menor programada. Finalizada la intervención, conducen al paciente a una sala de postoperatorio, y a continuación se le instala en una habitación de tres camas que se ve obligado a compartir con dos enfermos de la tercera edad ya que el cirujano decide que debe pasar la noche en observación antes de firmarle el alta. Esto en si mismo ya es indigno, pues la falta de intimidad de los tres enfermos y la sensación de hacinamiento es vergonzante.
Los problemas se suceden una vez llega el momento de dormir. Esa noche los enfermos de avanzada edad con quien le toca compartir habitación emiten unos ronquidos exageradamente altos que impiden dormir a cualquier ser humano, con volumen especialmente alto uno de ellos. Nuestro paciente intenta dormir dada su prescrita necesidad de descanso en calma, siendo algo del todo imposible ni aún con el medicamento que la enfermera denominó Orfidan que le administran, un comprimido se supone que para relajar al paciente que se le administra a solicitud de éste. En ese estado dolorido tras la recientísima intervención, ese volumen de decibelios que va en sensible aumento a ratos, supongo que al salir de varios episodios continuos de apnea del sueño de los octagenarios, van paulatinamente enervándole los nervios al imposibilitarle dormir ni un solo segundo. No eran unos ronquidos normales, era algo exagerado y muy enervante. El paciente cada vez mas impaciente reclama la presencia de la enfermera que se limita a decirle que entiende su situación (haciendo gestos con las manos como diciendo que vaya tela) y que no puede hacer nada, que intente aguantarse. Aprovecha el paciente para indicarle que le retire el recipiente de la orina que estaba lleno tras lo que la enfermera se marcha. Esa actitud le condenaba a pasar la noche sin dormir, algo inhumano en un convaleciente.
A la madrugada el paciente requiere nuevamente la presencia de una enfermera. Se presenta otra compañera a quien le vuelve a plantear el mismo problema, y le solicita que retire el recipiente de orina que está nuevamente lleno, y que le solucione la tortura psicológica (literalmente) que está siendo el desproporcionado ruido que hace ese señor mayor al intentar respirar. Le pide desesperadamente una solución, y le plantea que le suministre algún inductor al sueño como medio de resolver lo que es algo insoportable.
Esta enfermera, que debe de creer que trata con ganado le ignora por completo, no retira la orina y desaparece. 20 minutos de espera después porque el paciente creyó que esa enfermera estaba haciendo alguna gestión para solucionar ese infierno vuelve a reclamarles su presencia. Las enfermeras mantienen su actitud de no hacer nada por solucionar este grave suceso que pone en riego la salud del paciente. Ante este inhumano comportamiento y en medio de la desesperación, el paciente toma la decisión de abandonar ese lugar que le está desquiciando y agravando la dolencia.
Al ver que decide marcharse ante tanto mal trato, avisan a un médico residente que se interpone ante el paciente tratando de impedirle la libre circulación. Una vez se ha vestido, abandona lo que percibe como una celda de castigo y se dirije a la salida. En ese momento es cuando se dignan aparecer las enfermeras con unos miserables tapones de espuma para los oídos, esos que en el mejor de los casos amortiguan algo, pero no lo suficiente y menos en el silencio de la noche. Cuando ya se marchaba, claro. Eso son profesionales y lo demás, pamplinas.
El médico residente nuevamente se interpone en el camino del paciente impidiéndole la libre circulación e impidiéndole usar el ascensor. Ante tan increíble situación logra zafarse de él, y se baja andando, convaleciente y con gran dolor, obligado por la amenazante actitud del medico residente que como tal se identificó al que nuestro paciente se ve forzado a recordarle que es una persona mayor de edad con sus facultades mentales en perfecto estado, por lo que él no puede impedirle la libre circulación, algo que no obstante intenta. El paciente se ve obligado ante la actitud violenta del facultativo a bajar seis plantas por la escalera, pese a la recientísima intervención quirúrgica de la que iniciaba la recuperación y su mal estado de salud y dolores.
Una vez llega a la sección de urgencias que le coje de camino a la salida, pregunta al vigilante que se encuentra allí por un sanitario que pueda retirarle la vía que aún lleva clavada en la mano. Le indica la enfermería de urgencias a la que se dirige y donde solicita que se le retire la vía, a lo que se niega todo el personal allí presente. Les da un ultimátum, o se lo retiran ellos, o se lo retira él mismo. Nadie mueve un dedo por retirarlo, y se quedan mirando como se lo retira el propio paciente, denegándole el auxilio pedido y permitiendo que salga de esas dependencias con la mano chorreando sangre, algo que hace notar al sorprendido vigilante de seguridad presente en la entrada de urgencias para que sirva de testigo.
Abandona las instalaciones tras esta odisea tan espeluznante, y se va a su casa donde poder recibir el trato digno y humano que no ha recibido en el Hospital, y esta vez sí, poder descansar como merecidamente necesita, algo que se le había denegado en ese centro sanitario. En el tiempo del trayecto a casa todavía recibe una llamada a su teléfono móvil amenazante y prepotente del mismo energúmeno que le quiso impedir la libre circulación, el residente del hospital, en el que le indica que había avisado a la policía. Ya me dirá alguien para qué y lo poco que al paciente maltratado podía importarle eso. Bastante tenía el pobre con llegar a su casa a salvo con los dolores que tenía encima y el estado de nervios que le pusieron esos incompetentes. Imaginad como se tiene que encontrar un paciente para tomar la decisión de salir huyendo del matadero a esas horas de la madrugada. Es deleznable el proceder de esas personas, que no puedo decir profesionales.
Prometo que ambos casos son verídicos y sucedidos exactamente como se relatan en un periodo aproximado de entre uno y dos años atrás. Desgraciadamente no son casos aislados.
Recientemente he conocido mas casos de crueldad médica en la vorágine de huelga con rehenes que mantiene el personal sanitario actualmente, que por resumir y no alargar demasiado este artículo, trata de un enfermo terminal con tratamiento con morfina que es enviado a morir a su casa debido a la escasez de médicos porque están en huelga, y que dada su extrema gravedad a los dos días es vuelto a ingresar de urgencia en el hospital para que reciba el imprescindible tratamiento paliativo que precisa. O el de una paciente que tras medio año esperando a que le realicen una radiografía y la consulta del especialista para diagnosticar un mal que le paraliza las manos le cambian la cita para un mes mas tarde, y llegado el día le dicen que el médico no atiende por la huelga y que le dan cita para seis meses mas tarde. En atención al paciente le ningunéan y no le dan un trato correcto ni solución de ningún tipo. Como último ejemplo en este artículo, el caso de una joven que padece un mal de difícil tratamiento que requiere varias cirugías en el páncreas, a la que le anulan la cita que tenía para una nueva operación también como consecuencia de la puta huelga criminal, y ya ni le dan una nueva, le dicen que ya le llamarán. Tres días después ingresa en urgencias con pancreatitis y grandes dolores.
El episodio se complementa con falta de coordinación entre enfermeras y médicos, intento de administrarle anticoagulantes a la paciente que en los días de ingreso y pese a los dolores, pasea por la habitación y por el hospital, por lo que no hay inmovilización y el anticoagulante es del todo innecesario, suspensión de la alimentación cuando ya se la estaba metiendo en la boca tras dos días sin poder ingerir alimento porque supuestamente y de improviso le dicen que va a ser operada, algo que no ocurre trascurridas varias horas, hasta que dos días después recibe el alta en espera de que les de la gana a los médicos realizar la intervención en la que debe sustituirse un implante que ya tiene, y que queda pendiente y sin fecha concretada con el serio riesgo que implica para la enferma.
Esta es la “excepcional” sanidad que padecemos en España, por lo que recomendamos que no se dude en denunciar tanto en atención al paciente (que sabemos que sirve de muy poco y sabemos también que es un sector con un corporativismo espantoso), como ante los tribunales de justicia. No somos ganado, y ya va siendo hora de que esta gente se de cuenta y nos respete.
He querido apoyar la huelga de estos privilegiados, pero tras ver el trasfondo, sinceramente no puedo apoyarla. Hay huelgas que no se pueden consentir, porque matan. Y si bien esto lo publico un 28 de Diciembre, no es ninguna broma.